m. elena vallés palma Obra sin mensaje, fraude, dice Albert Pinya. Ésa es la premisa de su arte. Por eso el tiempo nos lo devuelve más conceptual que nunca en su último proyecto, Belén número 13, una disección muy personal pero a la vez coral –y participativa– del nacimiento navideño y toda su imaginería. La oportunidad de abismarse en los portales y la adoración se la han brindado Can Marquès y su directora, Nieves Barber, quien cada año –con éste ya van trece– por estas fechas presenta un belén contemporáneo. Si bien las anteriores intervenciones en la casa-museo se habían centrado sobremanera en el aspecto visual de los nacimientos, Pinya propone otros "ejercicios de comunicación que comprenden todos los sentidos" y que se reparten en trece actuaciones performativas cuya hilazón es, por una parte, la temática navideña y, por otra, la mitología personal del artista.
Si en los últimos tiempos el mallorquín se había lanzado con buena brújula a la pintura, ahora vuelve al arte de acción en puridad, ejercitado ya en 2007 durante el festival PING!, organizado por la asociación Sa Taronja, y en Es Born, cuando ejecutó un ejercicio clandestino que supuso un homenaje a El pensador de Rodin. "Es la necesidad de ir aprendiendo, me aburro, necesito alicientes", asegura. Esta vez los ha encontrado en la estupenda arquitectura de Can Marquès –"lo he colonizado pacíficamente"–, en la variedad de disciplinas aglutinadas en estos trece ejercicios navideños y en las colaboraciones de otros artistas y sujetos que participan en las piezas. Porque Pinya también se ha puesto la chaqueta de comisario, con el fin de que otros crearan para él. No es de extrañar: recuerden que este artista tiene una visión especialmente desprejuiciada sobre la creación.
Probablemente sea éste el proyecto más ambicioso producido por Pinya hasta el momento. Una gran empresa artística que se inaugura el próximo día 13 a las 20 horas, y que podrá contemplarse del 14 al 31 de este mes de 10 a 14 horas. Pero sin prisas y vayamos por partes, porque el espectador está frente a un itinerario con muchas paradas cargadas de información, y la cosa tiene su qué. En la sala de entrada de Can Marquès, la primera acción. Un vídeo detalla, a modo de las manipulaciones que perpetraba el artista Gordon Matta Clark en los edificios, las escisiones que el mallorquín aplica a un tradicional portal de belén. Un ejercicio que se convierte en autoparodia –¿lo es toda la obra de Albert?– cuando el propio creador se dispone a tajar una piña (viva la homonimia) tropical. La proyección la firma el cineasta Borja Zausen, igual que la siguiente pieza (y otras más), instalada en la sala de las flores. En ella, se hilvanan las impresiones y experiencias sobre belenes que verbalizan siete niños de entre 5 y 12 años. En el tercer ejercicio (en la sala gris) arranca el comisariado de Pinya. En él, Rubén Bujosa, un estudiante de arquitectura, interviene en la cubierta de un portal doméstico a partir de la definición de deconstructivismo, a lo Frank Gehry. Un juego de contrastes y de formas.
Recapitulación: hasta ahora Pinya ha tratado la infancia y los portales, dos palos de la Navidad. Y continúa con un tercer asunto, la emotividad típica que aflora cuando pensamos en un ser querido que no está. En Arqueología emocional (sala roja) una voz en off desgrana en un enorme almacén con cajas –¿la memoria personal?– "todas aquellas cosas que nunca me atreví a decirle a un familiar querido".
La creación de una nueva imagen de portal de belén a partir de su destrucción o el trazado de un itinerario clásico de los belenes antiguos de Ciutat a partir del señuelo que dejan una serie de pegatinas con el antihéroe de Pinya, el Supermerda, encarnando al caganer, desembocan en la proyección de un nacimiento nudista protagonizado por actores (Ámbar Servin, Joan Ferrer, Manuel de los Reyes, Rafa Pizarro y el propio Albert en el papel de San José) y musicado por La Terremoto de Alcorcón.
Pero aún faltan sentidos por tocar en la historia que Pinya quiere contar. La boca es uno. En la cocina de Can Marqués, suena un programa que emula España directo: es Vivian Caoba entrevistando a María Solivellas, de Ca Na Toneta. "Para el proyecto, la cocinera elaboró una leche de almendra para representar el primer acto gastronómico que realizó Jesucristo al mamar del pecho de su madre", apunta el mallorquín. Un vídeo que cuestiona también el actual estado del paisaje isleño. Un viaje contemporáneo a través de Google Maps, el nacimiento sonoro de Dj Triqui, Pinya trabajando solito en el taller con música de Vacabou o el belén ateo confluyen en el número 13: un fantástico poema de Emili Sánchez-Rubio. No siempre es Pinya el protagonista de estas acciones, pero ahí está su personalidad desbordante, su juego conceptual subversivo, que pese a quien le pese empieza a funcionar.