m. elena vallés. palma No es extraño que Vladímir Lébedev (San Petersburgo, 1891-1967) empezara de muy niño dibujando primorosos caballos. Su casa se levantaba cerca del hipódromo de San Petersburgo. Siempre atento a la realidad circundante, tanto social como política, inició sus estudios en la Academia de Bellas Artes de su ciudad. Sin embargo, "no puede afirmarse que recibiera una formación académica sistemática porque casi nunca iba a clase, pero sí es cierto que por su cuenta estudió y asimiló toda la historia del arte", asegura la especialista Masha Koval. Sus verdaderos puntales de aprendizaje fueron las visitas continuadas a los talleres de dos pintores: Franz Roubaud y Mijaíl Bernstein. Fue este último quien le dio clases de anatomía humana, disciplina aplicada a la pintura al natural en la que el ruso despuntó técnicamente, un hecho patente en la serie de desnudos femeninos que pueden contemplarse en la exposición –primera individual del artista fuera de Rusia– que se inauguró ayer en el Museu Fundación Juan March.
Antes de la Revolución en 1917, Lébedev consiguió su primer trabajo como ilustrador en la revista crítica Nuevo satiricón, donde tuvo la posibilidad de relacionarse con los mejores pintores y dibujantes de la época. Con las calles ya tomadas por los bolcheviques, la aceptación por parte de Lébedev de la Revolución fue inmediata. Pronto se conjugó con los artistas del frente de la vanguardia que participaron en los proyectos de propaganda para apoyar al nuevo régimen. Así las cosas, participó en la decoración de uno de los puentes de Petrogrado (la actual San Petersburgo). También fue allí donde diseñó sus primeros carteles para las ventanas (se llamaban así porque se colgaban de los escaparates vacíos de las tiendas) de la ROSTA, es decir, la agencia telegráfica soviética. Esta cartelería, que ocupa la primera sala del segundo piso de la Fundación, revela los primeros experimentos del artista con el cubismo y el futurismo (movimientos vaciados de ideología y vistos únicamente como meras técnicas pictóricas), decisivos en su carrera mixta de vanguardista y revolucionario, de cultivador tanto de la abstracción como del realismo. En esta primera habitación pueden verse litografías coloreadas cada una de ellas a mano donde se explican muchas veces las nuevas normativas y políticas que iba proclamando el nuevo régimen.
¿Cómo conoció Lébedev estas corrientes pictóricas? Muy sencillo. El artista consiguió el puesto de profesor-director en los Talleres de Arte Estatales Libres de Petrogrado, ubicados en la antigua Academia de Bellas Artes. Durante esta época, pudo relacionarse estrechamente con los representantes de las corrientes más innovadoras del arte ruso, entre ellos Tatlin, Malévich, Matiúshin o el crítico Nikolái Púnin. Entre los carteles más famosos de Lébedev se encuentran Hay que trabajar con el fusil en la mano, Fundición Apoteosis del obrero, o A la salvaguardia de octubre o El Ejército Rojo y la Marina defienden las fronteras rusas, entre otros.
La segunda estancia de la muestra, que estará abierta hasta el próximo día 26 de mayo, está dedicada a las series satíricas sobre la vida cotidiana que publicó Lébedev en diferentes revistas. Entre estos dibujos, de naturaleza pictórica, destacan los que dedicó al arquetipo del nuevo rico (nepman), que nació en Rusia cuando Lenin ofreció temporalmente un regreso al capitalismo para sacar al país de la ruina. El nuevo burgués, que había luchado por unos ideales distintos, aparece duramente ridiculizado. "Fue un pintor que sentía la época, que no se cansaba de dibujar todo lo que le rodeaba", explica Masha Koval, autora también de algunos textos del estupendo catálogo que acompaña la exposición. De la misma naturaleza pictórica son los desnudos de la sala contigua. "Como los impresionistas, dedicó muchas horas al cuerpo femenino. Trabajó con dos o tres modelos fijas", apunta el director del museo Manuel Fontán.
La exposición desemboca en sus trabajos como ilustrador de libros infantiles, faceta que le otorgó a Lébedev un mayor reconocimiento entre el gran público. Algunos de sus volúmenes dibujados –El elefantito de Kipling, El circo, El helado, El equipaje o Míster Tvister– están considerados como obras clásicas. En marzo y abril la Fundación ofrecerá un curso sobre ilustración infantil que será impartido por diferentes especialistas, entre ellos Emilio Urberuaga, Premio Nacional de Ilustración 2011.