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'A 47 metros': En las fauces del tiburón blanco

Johannes Roberts logra suscitar el miedo en el espectador con un relato "convencional y reiterativo"
26-07-2017 09:36
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Una escena de la película de 'A 47 metros' Youtube

Una escena de la película de 'A 47 metros' Youtube

Pertenece a ese bloque de películas de terror nada llamativas que nacen con signos evidentes de modestia pero que, por inesperadas razones, se convierten en relativo éxito del público. Está dirigida por un realizador de serie B, Johannes Roberts, arrinconado en el telefilm o en el subproducto con esquema de thriller y de su corta e irrelevante filmografía lo único que se puede rescatar de la total mediocridad son 'Al otro lado de la puerta' y 'La carretera de la muerte'.

Esta cinta, rodada con capital norteamericano y en aguas de la República Dominicana, responde a estos parámetros y su única virtud es que en ocasiones sabe convocar los ingredientes necesarios para suscitar el miedo del espectador. La clave está en la presencia súbita del considerado el más siniestro depredador del planeta, el terrible y gigantesco tiburón blanco. Sobre esa base descansa un relato convencional y reiterativo que se recrea en la pesadilla real que viven dos hermanas que han osado invadir el área en la que se mueve el siniestro escualo.

Cuando Kate y Lisa, que están de vacaciones en México, deciden convertirse en observadoras privilegiadas de los tiburones blancos, subiendo a una jaula desde la que lo ven todo en primer plano y sin correr riesgo alguno, ignoran que van a vivir, en efecto, la experiencia más impresionante de sus vidas. Eso sí, mientras Kate está ansiosa por todo lo que de peligro entraña, Lisa no se atreve a dar el paso definitivo, víctima de un pánico creciente. Vencida, sin embargo, la resistencia de esta última, las hermanas son sumergidas a 47 metros de profundidad para ser testigo de una situación límite que las lleva al borde de la muerte y de la locura.

Estamos, por tanto, ante un relato definido, de hecho, por una situación única en la que dos mujeres indefensas se encuentran a merced de los tiburones cuando una avería técnica en el izado de la jaula impide que puedan regresar a la superficie. Para colmo de males, las botellas de oxígeno de las que disponen solo les permiten sobrevivir alrededor de una hora y, por si no fuera suficiente, una inoportuna herida con sangre se convierte en el mejor cebo para atraer a los escualos. Demasiado exagerado y también pasado de rosca, con una realización marcadamente rutinaria.

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